jueves, 12 de agosto de 2010

Hablemos de nuestras madres

Desde la sexualidad del lactante a los mitos del inconsciente colectivo, el psicoanálisis aspira a cambiar la manera en que lo concebimos absolutamente todo. Y a pesar de ello, continúa siendo el gran desconocido.


Por Ruben Pujol · Ilustraciones de Anna Parini





El año es 1909. Freud está a punto de arribar en barco al puerto de Nueva York, invitado por la Universidad de Clark para dictar una serie de conferencias sobre el psicoanálisis. La teoría sobre la psique humana desarrollada por el vienés empieza a calar hondo en la vida intelectual de Estados Unidos, y con la estatua de la libertad ya a la vista, ante la expectación que suscita su visita, Freud se dirige a su colega y discípulo C. G. Jung: “No saben que les traemos la peste”. 


Y la peste triunfó. La peste, ese conjunto de hipótesis que describen el funcionamiento de la subjetividad, se ha instalado como un meme en el discurso popular; simplificado, (mal) digerido y regurgitado, el psicoanálisis sigue siendo un extraño que vive entre nosotros. Alguien que sabe más sobre nosotros mismos de lo que estamos dispuestos a aceptar. Complejos, fobias, represiones, pulsiones, síntomas, lapsus, el inconsciente, el yo y el superyó, los sueños y su interpretación son conceptos que utilizamos diariamente sin, en la mayoría de los casos, conocer su verdadero alcance o ni tan siquiera su origen.


La anécdota apócrifa sobre Freud puede servir para ilustrar uno de los peligros del psicoanálisis: la banalización de sus preceptos, algo a lo que sin duda colabora la imagen que se transmite de él desde el cine o la televisión. En España la teoría y la práctica de la terapia psicoanalítica llegó tarde y aún sigue desarrollándose mayormente en los márgenes de la opinión pública, enfrentada a una firme resistencia por parte del establishment universitario. “España es un país sin una idea del psicoanálisis”, opina Fabián Ortiz, periodista y psicoanalista adscrito al Espacio Psicoanalítico de Barcelona. “A diferencia de otros países, como Estados Unidos, Francia, Argentina o México, aquí la batalla sociopolítica la ganó la psicología conductista, que desde las universidades ha ejercido una militancia antipsicoanalítica. El psicoanálisis habla de las interioridades de las emociones, y eso no interesa”, explica Ortiz, que desde marzo dirige y presenta, junto a su colega Daniel Cantero,“Hablamos” en Radio Kanal Barcelona (106.9 FM), el primer programa monográfico sobre el psicoanálisis en la radio nacional.

Sin duda, cuarenta años de nacional-catolicismo no ayudaron a la propagación de unas ideas que, en esencia, sugieren que nuestra vida, nuestra mente, está regida por una serie de procesos inconscientes ocultos en lo más profundo de nuestro ser y que escapan a nuestro control. Existe, de hecho, cierto orgullo transgresor en la manera en que los psicoanalistas explican cómo el edificio teórico que Freud levantó acabó por convertirse en el tercer –y posiblemente en el definitivo– golpe mortal al narcisismo del ser humano: primero nos dicen que la Tierra no es el centro del universo (Copérnico); luego que no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Darwin) y ahora resulta que ni siquiera somos los dueños de nuestros deseos. 

El Colegio de Psicólogos calcula que actualmente en Catalunya ejercen el psicoanálisis alrededor de 600 profesionales, que cobran una media de entre 40 y 60 euros por sesión. La mayoría de los pacientes –o clientes, o analizantes– acuden por iniciativa propia y tras haber descartado alternativas, por así decirlo, más convencionales. Con todo, la aceptación de este tipo de terapia –lenta, costosa y que a menudo produce revelaciones incómodas– es mucho menor aquí que en otras sociedades occidentales, y eso a pesar de que se considera que casi un 20% de las consultas que se realizan en los centros médicos –desde insomnio a problemas gástricos o adicciones de todo tipo– posee un origen psicosomático. 

La caja de pandora
“El enfoque psicoanalítico es totalmente opuesto al médico”, explica Josep Maria Panés, vocal del Colegio y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. “Para el médico, el síntoma es el problema, un cuerpo extraño que ha de extirparse. Para el analista, el síntoma es el problema pero también la solución. El sujeto lo padece, pero al mismo tiempo, sin saberlo, también lo disfruta.” En este sentido, afirma Fabián Ortiz, “neuróticos somos todos. Por el simple hecho de tener psique estamos partidos en dos: por un lado el bicho, el animal, y por el otro el lenguaje que nos saca de ese ámbito. Los mismos mecanismos que nos sirven para vivir, sirven para enfermarnos. El individuo no está sano nunca.” Y, seguramente, jamás lo estaremos. Pues el conflicto entre las pulsiones, el deseo y la represión es algo estructural en el ser humano que siempre encontrará una manera de manifestarse. “El conflicto de la pulsión del individuo contemporáneo hoy en día tiene menos relación con la represión que con la exigencia del placer, con la obligación de pasárselo tan bien como sea posible y recorrer todo el registro de experiencia habidas y por haber. Y ésa es una potente fuente de síntomas”, explica Josep Maria Panés.

Organizado alrededor de multitud de escuelas, asociaciones y movimientos producto de diferentes escisiones producidas desde que Sigmund Freud fundara la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1910, el colectivo de los psicoanalistas es uno de los más activos y productivos en el mundo de la teoría. Apartados del circuito universitario, los psicoanalistas se forman en el seno de sus propias instituciones, y su formación no se acaba jamás, prolongándose en infinidad de seminarios, talleres, investigaciones, simposios, conferencias así como la propia terapia psicoanalítica con un mentor, a menudo de por vida. Siempre dispuesto a excavar aún más profundo, a realizar nuevas y más penetrantes interpretaciones de los síntomas que inundan nuestra vida psíquica, el psicoanálisis es más un modo de vida, una cosmovisión, que una profesión.

Como puede observarse, abrazar el psicoanálisis, ya sea como teoría sobre la manera en que nos funciona la cabeza o como la terapia que puede ayudar a curárnosla, supone realizar un giro de dimensiones casi ontológicas y aceptar unas verdades nada agradables y unos niveles de complejidad a menudo inquietantes. Y el camino que debe uno recorrer no es otro que el del lenguaje, la palabra que siempre significa más de lo que aparenta y que, una vez echada a volar en forma de libre asociación, desde el confort de un diván y liberada de toda cortapisa, debe servir para destapar la caja de Pandora del inconsciente. 

En este sentido, el psicoanálisis puede ser considerado como el reverso del periodismo; una especie de sublimación –palabro freudiano como pocos– del intelecto que se resiste a ser vulgarizada y reducida a un ámbito, sea éste el de la ciencia, la salud, las ciencias sociales o el humanismo. Así, y a pesar de que como terapia el trabajo psicoanalítico se centra en el individuo subjetivo, su aparato teórico no cesa de expandirse en todas direcciones, contaminando todas las disciplinas del conocimiento. El enciclopedismo de Freud, que publicó más de cinco mil páginas –sobre temas tan diversos como la interpretación de los sueños, los chistes, la histeria o Dostoievski–, las atrevidas incursiones de Jacques Lacan, su continuador más conspicuo y expansivo, en las matemáticas o la topología, o las teorías sobre los mitos y el inconsciente colectivo de Jung son sólo las aportaciones más renombradas de un cuerpo teórico que no parece tener fin. 

Así, insuflando su aliento en la sociología, la filosofía, la antropología, el arte o hasta la física cuántica –¿por qué no?–, el psicoanálisis es capaz de identificar rasgos que pueden servir para definir el discurso cultural. Como por ejemplo, identificar el trabajo como el síntoma de la catalanidad –Jacques-Alain Miller, fundador de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y yerno de Lacan, dixit–, o que permitirían relacionar la presencia de la escatología en la cultura popular catalana –el caganer o el caga tió– con la proverbial tacañería que se nos atribuye.

Por grandilocuente que pueda resultar, y aunque seguramente ningún analista lo afirmará en estos términos, no sería exagerado afirmar que en última instancia el objetivo del psicoanálisis es cambiar el mundo. Para mejor, claro. “El psicoanálisis es una herramienta para el pensamiento –afirma Ortiz–. El único dispositivo con la fuerza suficiente para modificar al individuo y, a través del individuo, modificar la sociedad. Ahora bien, requiere de mucho trabajo personal y paciencia, valores que están en clara decadencia.” 


Tal vez podríamos empezar hablando de nuestras madres.