martes, 5 de abril de 2011

Tan lejos, tan cerca

En 1998, vimos el Mundial desde Londres. Lo recordamos como lo que fue: una basura. España eliminada en la primera ronda, unos nigerianos mofándose de nosotros tras la pifia de Zubizarreta y la borrachera más triste de la historia, después de ganar 6-1 a Bulgaria y que no sirviera de nada. Durante aquel partido, un amigo abertzale nos dijo: “Es que yo, aquí en Londres, veo correr la banda a Etxeberria, y quiero que marque, aunque juegue con España”. El mundial, lejos de casa, se ve de otra manera.


Por Xavi Sancho · Fotografías de Caterina Barjau 


Uno jamás ha llegado a entender cómo puede haber 16 millones de neerlandeses en un terreno tan pequeño y que, encima, está en gran parte bajo el nivel del mar (“Lo han hundido ellos”, nos apunta el colega que no acabó la carrera de geología.) Entrando en el bar Amsterdam de la calle Aragó por fin todo tiene sentido: están todos aquí. La cosa es tan naranja que casi le pedimos a la camarera una cerveza y una recarga de diez euros en el móvil. Nos avisan que el Dow Jones, un bar en la calle Bruc de esos donde los precios de las consumiciones fluctúan cual parqué de una bolsa cualquiera, también es holandés. Llegamos y confirmamos que hoy, en los Países Bajos, no queda nadie. Echamos un vistazo a las pantallas que anuncian los precios y vemos en una esquina a Adam Smith y Milton Friedman, popes del pensamiento capitalista, con una sonrisa de oreja a oreja. “Llama a Marx y dile que ya no aceptamos las tablas que nos ofreció”, le dice uno al otro.
El ambiente es familiar y optimista, lejos de la agresividad argentina, el folclore de discoteca de extrarradio español, el pesimismo etílico inglés, la esperanza melancólica italiana o la indignación imperial gala. Marca Brasil. No pasa nada, tenemos los diamantes de Ámsterdam. El consumo de cerveza, como producto rígido, no depende de los estados de ánimo de la población, ni de los ciclos económicos. Su consumo nunca baja, y este bar es el claro ejemplo de que una pinta de Heineken es igual de buena para celebrar que para olvidar.Llamamos a un amigo que se encuentra en el Foc You, otro punto de reunión neerlandés con sede en el Passeig Joan de Borbó y en la calle Roger de Llúria. Está en el de Barceloneta y nos dice que en la terraza del bar no cabe un alfiler. “Vamos a ganar”, nos grita como cuando le compramos el primer móvil a la abuela. No le creemos y nos vamos a ver a los brasileños, que necesitamos que nos alegren el día.


Brasil
La colonia brasileña organiza en un restaurante de Vila Olímpica fiestas para ver los partidos. Se pagan diez euros y te dan caipirinha y batucada. Como somos más de violines que de percusiones, nos acercamos a Casa Paco, en la calle Allada Vermell, donde los camareros son brasileños y ayer nos prometieron que en el bar sólo cabría un tambor. Están exultantes. El maldito tambor retruena por todo el barrio y los catalanes que no tienen Canal Plus deben pensar que vuelven las tropas de Felipe v. Pero en cinco minutos aciagos para el jogo bonito, Lula y las casas de apuestas, Brasil se mete un gol en propia puerta, el tipo más bajo que hay en el campo les marca uno de cabeza y Felipe Melo, un centrocampista con pinta de segurata del Pont Aeri, se hace expulsar
por pedirle a patadas a Robben que deje de entrar al baño acompañado. La presencia de nuestra fotógrafa ya no es tan celebrada como antes. “Nos has traído mala suerte”, la increpan al final. A pesar de la derrota parecen felices y llenos de color, de “orden”, a pesar de la falta de “progreso” en el campeonato. “Qué se la va a hacer. Ahora a animar a Uruguay”, dice uno de los camareros. Pero si todo el mundo va con Ghana. “Si Ghana sale campeón, dejo el fútbol”, responde. ¿Y Argentina? Aunque rivales, son vecinos, al menos la puntita. “Puajjjjj…”. Vaya. Está claro que el orden de prioridades a la hora de alentar a las selecciones en Sudamérica es distinto que en Europa. Aquí vamos con los africanos por complejo de culpa y paternalismo; y si no –al menos los españoles–, solemos ir con Argentina, que tiene la mística y el drama. Para ellos, los africanos son rivales, y los argentinos, esos renegados que se creen europeos.
Llega el jefe del bar y nos susurra a la oreja. “Mejor que pierdan porque vienen muchos, pero no me beben nada”. Para la hostelería local, la eliminación de la selección inglesa ha sido una tragedia isabelina. Para todos los percusionistas de la ciudad, la eliminación brasileña es la promesa de un verano sin callos en los pulgares.


Argentina
El Born, antiguo fortín de la esencia catalana, es hoy, a pocas horas del Alemania-Argentina de cuartos de final, una riada de banderas albicelestes y barras quilomberas que no dejan de alentar. Hace unos días, tras el México-Argentina de octavos, hubo pelea entre aficionados de ambas nacionalidades en el Passeig, lo que ha desembocado en que los dos restaurantes mexicanos del barrio luzcan hoy banderas alemanas a la entrada y, al preguntárseles qué clientela esperan que se acerque para ver el encuentro, responden: “Esperemos que ningún argentino”. Imposible: si juega la albiceleste, aunque tengas una horchatería en Ulan Bator, algún argentino se acercará y te pedirá que subas el volumen cuando suena el himno. La zona cero de aficionados puteando, gritos, apretones y cánticos se concentra entre el bar El Born y la Pizzería del Born. Recibe el árbitro, reciben los alemanes y, cuando Friedrich marca el tercero, hasta empiezan a recibir (tímidamente) Maradona y Messi. Una chica con suficiente plástico en los pechos como para ser reciclada en un contenedor amarillo y con una camiseta de los Pumas, la selección de rugby argentina, grita gol cada vez que el balón cruza la línea de tres cuartos, hasta que su vecino en esta lata de sardinas al vapor le pide que se calle. Cuando un aficionado de la albiceleste pide silencio, es que algo va mal. Argentina ha sido aniquilada por la Mannschaft. Al terminar el encuentro, en el Passeig hay lágrimas, gestos abatidos y gente reservando esquina para dentro de cuatro años, porque los argentinos siempre son los primeros en llegar a la cancha o al bar pero, desafortunadamente, últimamente también son de los primeros que se van.




Alemania
Durante el descanso del Argentina-Alemania, nos indican que en L’Explanade de Aribau se oyen tantos gritos en alemán que la colonia polaca de la ciudad ha empaquetado sus pertenencias y parte rumbo a la frontera francesa. Hemos probado primero en uno de esos restaurantes mexicanos que, medio por despecho, medio por ver si les cae algún plan de ayuda de la UE patrocinado por Merkel, han colgado la bandera alemana en sus puertas, pero –como era de esperar–, se han llenado de argentinos y hasta de españoles que hinchan por la albiceleste. Estos días, los foros de internet van cargados de dialéctica envenenada y mongoloide –y es que en un foro hasta el análisis del pensamiento popperiano termina fácilmente siendo mongoloide– entre españoles y argentinos, provocando la primera rivalidad futbolística totalmente fabricada online, pues ambas selecciones llevan cincuenta años sin enfrentarse en partido oficial. Hasta el primer comentario racista de un señor de Burgos y el primer argentino apelando a los aviones con carne que fletaba Perón en la posguerra, España era acaso el único país del mundo que tenía a la albiceleste como segundo equipo. Cosas de internet.
En el local, que es pequeño pero hoy parece la mar de matón, no cabe ni un alfiler. Alemania sufre los últimos estertores de la presión argentina, pero un contraataque de libro les da el dos a cero. El bar explota, como el corazón de Raffaella Carrà. Vuelan vasos de cerveza, ondean banderas y la humedad es tal que los colores de la bandera alemana pintadas en los rostros de las lechosas aficionadas parecen ahora cuadros de Jackson Pollock. Ha triunfado el fútbol de libro teutón sobre el fútbol de Playstation argentino. Un gigante abraza a un pequeño español, otro se hace una foto frente a las banderas que cuelgan en la puerta del local y un fantasma se despereza y recorre Europa. Ay, que vuelven.


Uruguay
“¡Todos los holandeses, todos putos son!” Pum, pum, pum… Que alguien haya conseguido entrar un tambor en el Bar Los Álamos de la calle Escudellers parece obra de la camarilla de George Clooney en Ocean’s Eleven. El dueño es uruguayo y el país, a pesar de contar con poco más de tres millones de habitantes, vive el fútbol, incluso en la diáspora, con gran pasión. “Todos los naranjas, todos putos son!” Pum, pum, pum… Esta versión 2.0 del cántico nos gusta más. Semifinales. Que Holanda va a ganar a Uruguay, lo saben hasta Carrie Bradshaw y las demás chicas, aunque ellas hubiesen preferido que saliera campeón Portugal porque el verde y el granate se llevan una barbaridad esta temporada.
“¿Este sitio no era un bar de putas?”, preguntamos. “¿Y tú cómo lo sabes?”, nos responden. (Nota mental: ¡Mierrrdaaaa!)  Forlán se sigue ganando el premio al mejor jugador del campeonato y Van Bommel, el galardón al tipo más detestable. Detrás nuestro, un uruguayo errante sopla una vuvuzela. Por la tele parecen más pequeñas y, sobre todo, menos ruidosas. El dueño del local agita los brazos y junto a su camarero arranca nuevos, más elaborados y –eso sí–, irreproducibles en horario infantil, cánticos. Miramos a nuestras espaldas, y la acera se ha llenado de gente que mira hacia el televisor a través de los cristales, como si el televisor fuera algún tipo de icono. Están locos estos terrícolas. Casi todo son mujeres, las mismas que durante los próximos cuatro años nos harán cambiar de canal cada vez que den un partido por la tele. Empata Uruguay, se viene abajo el supuesto antiguo puticlub (“Aún no me has dicho cómo sabías eso”); marca dos seguidos Holanda y a los sudamericanos les invaden la rabia y la tristeza post coitum (“¿Hay habitaciones atrás?”); mete otro Uruguay y se viene a bajo el local (“Siempre había pensado que antes era una coctelería, pero si tú dices que era un puticlub, segurísimo que tienes razón”). Final del partido. Ganó Holanda. Pensamos en Galeano y en esas venas abiertas, que no se cierran nunca. El Mundial que iba a ser latinoamericano ha acabado con una final europea.
¡Ya me acuerdo! Esto era un salón recreativo. Aquí venía a jugar al comecocos. “¿Cocos? Otra cosa te han comido aquí…”


España
El supuesto país de la fiesta está poblado por aguafiestas. Unos piden pantallas gigantes para ver a La Roja ganar por uno a cero, y el PP da cines en la zona alta donde ver el fútbol sin fumar y sin beber cerveza. Recordamos cuando pensábamos que eso de ver cine en casa, en una pantalla de televisor y sin Movierecord iba a ser un fracaso, y un sudor frío nos recorre la espalda. Es el día de la final, el domingo de un fin de semana de catarsis identitaria. Ayer, cientos de miles de catalanes se manifestaban por el estatuto. Ya que estaban allí, y se habían chupado un par de horas de autobús, pues también pidieron la independencia. Es como cuando vas al Club del Gourmet de El Corte Inglés a comprar vino y piensas: “Joder, con lo poco que me gusta entrar aquí, casi que me llevo un poco de foie y unas anchoas de las buenas”. Hoy, decenas de miles de catalanes se congregan en la Plaça Espanya para ver la final. Nos gustaría que alguien hiciese un estudio sobre cuánta gente estuvo en las dos manifestaciones de catarsis patriótica. Los de hoy son más jóvenes y gritan más, pero poseen el mismo espíritu revanchista que los de ayer.
Gana España y oigan, es una alegría, pero una que hay que vivir con los ojos cerrados y las orejas tapadas. Hemos visto una bandera con aguilucho, unas trescientas con toro de Osborne; hemos escuchado el peor repertorio de cánticos de ánimo (el “Yo soy español” es a la animación futbolística lo que Phil Collins al pop) de todo el mundial y nos da que, como esto siga así, llega la poli para hacerse cargo de la ceremonia de clausura del Mundial. Cinco minutos más tarde, aquí están los mossos para detener la euforia y darle un buen titular a Intereconomía, que llevan toda la semana hablando más de Carlos v que de Villa. Cuando marca Iniesta, uno siente envidia de todos aquellos que siguen a su selección desde la diáspora, desde donde la patria se ve pequeña y hasta romántica. La distancia es el Photoshop del amor.

jueves, 12 de agosto de 2010

Hablemos de nuestras madres

Desde la sexualidad del lactante a los mitos del inconsciente colectivo, el psicoanálisis aspira a cambiar la manera en que lo concebimos absolutamente todo. Y a pesar de ello, continúa siendo el gran desconocido.


Por Ruben Pujol · Ilustraciones de Anna Parini





El año es 1909. Freud está a punto de arribar en barco al puerto de Nueva York, invitado por la Universidad de Clark para dictar una serie de conferencias sobre el psicoanálisis. La teoría sobre la psique humana desarrollada por el vienés empieza a calar hondo en la vida intelectual de Estados Unidos, y con la estatua de la libertad ya a la vista, ante la expectación que suscita su visita, Freud se dirige a su colega y discípulo C. G. Jung: “No saben que les traemos la peste”. 


Y la peste triunfó. La peste, ese conjunto de hipótesis que describen el funcionamiento de la subjetividad, se ha instalado como un meme en el discurso popular; simplificado, (mal) digerido y regurgitado, el psicoanálisis sigue siendo un extraño que vive entre nosotros. Alguien que sabe más sobre nosotros mismos de lo que estamos dispuestos a aceptar. Complejos, fobias, represiones, pulsiones, síntomas, lapsus, el inconsciente, el yo y el superyó, los sueños y su interpretación son conceptos que utilizamos diariamente sin, en la mayoría de los casos, conocer su verdadero alcance o ni tan siquiera su origen.


La anécdota apócrifa sobre Freud puede servir para ilustrar uno de los peligros del psicoanálisis: la banalización de sus preceptos, algo a lo que sin duda colabora la imagen que se transmite de él desde el cine o la televisión. En España la teoría y la práctica de la terapia psicoanalítica llegó tarde y aún sigue desarrollándose mayormente en los márgenes de la opinión pública, enfrentada a una firme resistencia por parte del establishment universitario. “España es un país sin una idea del psicoanálisis”, opina Fabián Ortiz, periodista y psicoanalista adscrito al Espacio Psicoanalítico de Barcelona. “A diferencia de otros países, como Estados Unidos, Francia, Argentina o México, aquí la batalla sociopolítica la ganó la psicología conductista, que desde las universidades ha ejercido una militancia antipsicoanalítica. El psicoanálisis habla de las interioridades de las emociones, y eso no interesa”, explica Ortiz, que desde marzo dirige y presenta, junto a su colega Daniel Cantero,“Hablamos” en Radio Kanal Barcelona (106.9 FM), el primer programa monográfico sobre el psicoanálisis en la radio nacional.

Sin duda, cuarenta años de nacional-catolicismo no ayudaron a la propagación de unas ideas que, en esencia, sugieren que nuestra vida, nuestra mente, está regida por una serie de procesos inconscientes ocultos en lo más profundo de nuestro ser y que escapan a nuestro control. Existe, de hecho, cierto orgullo transgresor en la manera en que los psicoanalistas explican cómo el edificio teórico que Freud levantó acabó por convertirse en el tercer –y posiblemente en el definitivo– golpe mortal al narcisismo del ser humano: primero nos dicen que la Tierra no es el centro del universo (Copérnico); luego que no estamos hechos a imagen y semejanza de Dios (Darwin) y ahora resulta que ni siquiera somos los dueños de nuestros deseos. 

El Colegio de Psicólogos calcula que actualmente en Catalunya ejercen el psicoanálisis alrededor de 600 profesionales, que cobran una media de entre 40 y 60 euros por sesión. La mayoría de los pacientes –o clientes, o analizantes– acuden por iniciativa propia y tras haber descartado alternativas, por así decirlo, más convencionales. Con todo, la aceptación de este tipo de terapia –lenta, costosa y que a menudo produce revelaciones incómodas– es mucho menor aquí que en otras sociedades occidentales, y eso a pesar de que se considera que casi un 20% de las consultas que se realizan en los centros médicos –desde insomnio a problemas gástricos o adicciones de todo tipo– posee un origen psicosomático. 

La caja de pandora
“El enfoque psicoanalítico es totalmente opuesto al médico”, explica Josep Maria Panés, vocal del Colegio y miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis. “Para el médico, el síntoma es el problema, un cuerpo extraño que ha de extirparse. Para el analista, el síntoma es el problema pero también la solución. El sujeto lo padece, pero al mismo tiempo, sin saberlo, también lo disfruta.” En este sentido, afirma Fabián Ortiz, “neuróticos somos todos. Por el simple hecho de tener psique estamos partidos en dos: por un lado el bicho, el animal, y por el otro el lenguaje que nos saca de ese ámbito. Los mismos mecanismos que nos sirven para vivir, sirven para enfermarnos. El individuo no está sano nunca.” Y, seguramente, jamás lo estaremos. Pues el conflicto entre las pulsiones, el deseo y la represión es algo estructural en el ser humano que siempre encontrará una manera de manifestarse. “El conflicto de la pulsión del individuo contemporáneo hoy en día tiene menos relación con la represión que con la exigencia del placer, con la obligación de pasárselo tan bien como sea posible y recorrer todo el registro de experiencia habidas y por haber. Y ésa es una potente fuente de síntomas”, explica Josep Maria Panés.

Organizado alrededor de multitud de escuelas, asociaciones y movimientos producto de diferentes escisiones producidas desde que Sigmund Freud fundara la Asociación Psicoanalítica Internacional en 1910, el colectivo de los psicoanalistas es uno de los más activos y productivos en el mundo de la teoría. Apartados del circuito universitario, los psicoanalistas se forman en el seno de sus propias instituciones, y su formación no se acaba jamás, prolongándose en infinidad de seminarios, talleres, investigaciones, simposios, conferencias así como la propia terapia psicoanalítica con un mentor, a menudo de por vida. Siempre dispuesto a excavar aún más profundo, a realizar nuevas y más penetrantes interpretaciones de los síntomas que inundan nuestra vida psíquica, el psicoanálisis es más un modo de vida, una cosmovisión, que una profesión.

Como puede observarse, abrazar el psicoanálisis, ya sea como teoría sobre la manera en que nos funciona la cabeza o como la terapia que puede ayudar a curárnosla, supone realizar un giro de dimensiones casi ontológicas y aceptar unas verdades nada agradables y unos niveles de complejidad a menudo inquietantes. Y el camino que debe uno recorrer no es otro que el del lenguaje, la palabra que siempre significa más de lo que aparenta y que, una vez echada a volar en forma de libre asociación, desde el confort de un diván y liberada de toda cortapisa, debe servir para destapar la caja de Pandora del inconsciente. 

En este sentido, el psicoanálisis puede ser considerado como el reverso del periodismo; una especie de sublimación –palabro freudiano como pocos– del intelecto que se resiste a ser vulgarizada y reducida a un ámbito, sea éste el de la ciencia, la salud, las ciencias sociales o el humanismo. Así, y a pesar de que como terapia el trabajo psicoanalítico se centra en el individuo subjetivo, su aparato teórico no cesa de expandirse en todas direcciones, contaminando todas las disciplinas del conocimiento. El enciclopedismo de Freud, que publicó más de cinco mil páginas –sobre temas tan diversos como la interpretación de los sueños, los chistes, la histeria o Dostoievski–, las atrevidas incursiones de Jacques Lacan, su continuador más conspicuo y expansivo, en las matemáticas o la topología, o las teorías sobre los mitos y el inconsciente colectivo de Jung son sólo las aportaciones más renombradas de un cuerpo teórico que no parece tener fin. 

Así, insuflando su aliento en la sociología, la filosofía, la antropología, el arte o hasta la física cuántica –¿por qué no?–, el psicoanálisis es capaz de identificar rasgos que pueden servir para definir el discurso cultural. Como por ejemplo, identificar el trabajo como el síntoma de la catalanidad –Jacques-Alain Miller, fundador de la Asociación Mundial de Psicoanálisis y yerno de Lacan, dixit–, o que permitirían relacionar la presencia de la escatología en la cultura popular catalana –el caganer o el caga tió– con la proverbial tacañería que se nos atribuye.

Por grandilocuente que pueda resultar, y aunque seguramente ningún analista lo afirmará en estos términos, no sería exagerado afirmar que en última instancia el objetivo del psicoanálisis es cambiar el mundo. Para mejor, claro. “El psicoanálisis es una herramienta para el pensamiento –afirma Ortiz–. El único dispositivo con la fuerza suficiente para modificar al individuo y, a través del individuo, modificar la sociedad. Ahora bien, requiere de mucho trabajo personal y paciencia, valores que están en clara decadencia.” 


Tal vez podríamos empezar hablando de nuestras madres.