Por Xavi Sancho · Fotografías de Caterina Barjau
Uno jamás ha llegado a entender cómo puede haber 16 millones de neerlandeses en un terreno tan pequeño y que, encima, está en gran parte bajo el nivel del mar (“Lo han hundido ellos”, nos apunta el colega que no acabó la carrera de geología.) Entrando en el bar Amsterdam de la calle Aragó por fin todo tiene sentido: están todos aquí. La cosa es tan naranja que casi le pedimos a la camarera una cerveza y una recarga de diez euros en el móvil. Nos avisan que el Dow Jones, un bar en la calle Bruc de esos donde los precios de las consumiciones fluctúan cual parqué de una bolsa cualquiera, también es holandés. Llegamos y confirmamos que hoy, en los Países Bajos, no queda nadie. Echamos un vistazo a las pantallas que anuncian los precios y vemos en una esquina a Adam Smith y Milton Friedman, popes del pensamiento capitalista, con una sonrisa de oreja a oreja. “Llama a Marx y dile que ya no aceptamos las tablas que nos ofreció”, le dice uno al otro.
El ambiente es familiar y optimista, lejos de la agresividad argentina, el folclore de discoteca de extrarradio español, el pesimismo etílico inglés, la esperanza melancólica italiana o la indignación imperial gala. Marca Brasil. No pasa nada, tenemos los diamantes de Ámsterdam. El consumo de cerveza, como producto rígido, no depende de los estados de ánimo de la población, ni de los ciclos económicos. Su consumo nunca baja, y este bar es el claro ejemplo de que una pinta de Heineken es igual de buena para celebrar que para olvidar.Llamamos a un amigo que se encuentra en el Foc You, otro punto de reunión neerlandés con sede en el Passeig Joan de Borbó y en la calle Roger de Llúria. Está en el de Barceloneta y nos dice que en la terraza del bar no cabe un alfiler. “Vamos a ganar”, nos grita como cuando le compramos el primer móvil a la abuela. No le creemos y nos vamos a ver a los brasileños, que necesitamos que nos alegren el día.
Brasil
La colonia brasileña organiza en un restaurante de Vila Olímpica fiestas para ver los partidos. Se pagan diez euros y te dan caipirinha y batucada. Como somos más de violines que de percusiones, nos acercamos a Casa Paco, en la calle Allada Vermell, donde los camareros son brasileños y ayer nos prometieron que en el bar sólo cabría un tambor. Están exultantes. El maldito tambor retruena por todo el barrio y los catalanes que no tienen Canal Plus deben pensar que vuelven las tropas de Felipe v. Pero en cinco minutos aciagos para el jogo bonito, Lula y las casas de apuestas, Brasil se mete un gol en propia puerta, el tipo más bajo que hay en el campo les marca uno de cabeza y Felipe Melo, un centrocampista con pinta de segurata del Pont Aeri, se hace expulsar
por pedirle a patadas a Robben que deje de entrar al baño acompañado. La presencia de nuestra fotógrafa ya no es tan celebrada como antes. “Nos has traído mala suerte”, la increpan al final. A pesar de la derrota parecen felices y llenos de color, de “orden”, a pesar de la falta de “progreso” en el campeonato. “Qué se la va a hacer. Ahora a animar a Uruguay”, dice uno de los camareros. Pero si todo el mundo va con Ghana. “Si Ghana sale campeón, dejo el fútbol”, responde. ¿Y Argentina? Aunque rivales, son vecinos, al menos la puntita. “Puajjjjj…”. Vaya. Está claro que el orden de prioridades a la hora de alentar a las selecciones en Sudamérica es distinto que en Europa. Aquí vamos con los africanos por complejo de culpa y paternalismo; y si no –al menos los españoles–, solemos ir con Argentina, que tiene la mística y el drama. Para ellos, los africanos son rivales, y los argentinos, esos renegados que se creen europeos.
por pedirle a patadas a Robben que deje de entrar al baño acompañado. La presencia de nuestra fotógrafa ya no es tan celebrada como antes. “Nos has traído mala suerte”, la increpan al final. A pesar de la derrota parecen felices y llenos de color, de “orden”, a pesar de la falta de “progreso” en el campeonato. “Qué se la va a hacer. Ahora a animar a Uruguay”, dice uno de los camareros. Pero si todo el mundo va con Ghana. “Si Ghana sale campeón, dejo el fútbol”, responde. ¿Y Argentina? Aunque rivales, son vecinos, al menos la puntita. “Puajjjjj…”. Vaya. Está claro que el orden de prioridades a la hora de alentar a las selecciones en Sudamérica es distinto que en Europa. Aquí vamos con los africanos por complejo de culpa y paternalismo; y si no –al menos los españoles–, solemos ir con Argentina, que tiene la mística y el drama. Para ellos, los africanos son rivales, y los argentinos, esos renegados que se creen europeos.
Llega el jefe del bar y nos susurra a la oreja. “Mejor que pierdan porque vienen muchos, pero no me beben nada”. Para la hostelería local, la eliminación de la selección inglesa ha sido una tragedia isabelina. Para todos los percusionistas de la ciudad, la eliminación brasileña es la promesa de un verano sin callos en los pulgares.
Argentina
El Born, antiguo fortín de la esencia catalana, es hoy, a pocas horas del Alemania-Argentina de cuartos de final, una riada de banderas albicelestes y barras quilomberas que no dejan de alentar. Hace unos días, tras el México-Argentina de octavos, hubo pelea entre aficionados de ambas nacionalidades en el Passeig, lo que ha desembocado en que los dos restaurantes mexicanos del barrio luzcan hoy banderas alemanas a la entrada y, al preguntárseles qué clientela esperan que se acerque para ver el encuentro, responden: “Esperemos que ningún argentino”. Imposible: si juega la albiceleste, aunque tengas una horchatería en Ulan Bator, algún argentino se acercará y te pedirá que subas el volumen cuando suena el himno. La zona cero de aficionados puteando, gritos, apretones y cánticos se concentra entre el bar El Born y la Pizzería del Born. Recibe el árbitro, reciben los alemanes y, cuando Friedrich marca el tercero, hasta empiezan a recibir (tímidamente) Maradona y Messi. Una chica con suficiente plástico en los pechos como para ser reciclada en un contenedor amarillo y con una camiseta de los Pumas, la selección de rugby argentina, grita gol cada vez que el balón cruza la línea de tres cuartos, hasta que su vecino en esta lata de sardinas al vapor le pide que se calle. Cuando un aficionado de la albiceleste pide silencio, es que algo va mal. Argentina ha sido aniquilada por la Mannschaft. Al terminar el encuentro, en el Passeig hay lágrimas, gestos abatidos y gente reservando esquina para dentro de cuatro años, porque los argentinos siempre son los primeros en llegar a la cancha o al bar pero, desafortunadamente, últimamente también son de los primeros que se van.
Alemania
Durante el descanso del Argentina-Alemania, nos indican que en L’Explanade de Aribau se oyen tantos gritos en alemán que la colonia polaca de la ciudad ha empaquetado sus pertenencias y parte rumbo a la frontera francesa. Hemos probado primero en uno de esos restaurantes mexicanos que, medio por despecho, medio por ver si les cae algún plan de ayuda de la UE patrocinado por Merkel, han colgado la bandera alemana en sus puertas, pero –como era de esperar–, se han llenado de argentinos y hasta de españoles que hinchan por la albiceleste. Estos días, los foros de internet van cargados de dialéctica envenenada y mongoloide –y es que en un foro hasta el análisis del pensamiento popperiano termina fácilmente siendo mongoloide– entre españoles y argentinos, provocando la primera rivalidad futbolística totalmente fabricada online, pues ambas selecciones llevan cincuenta años sin enfrentarse en partido oficial. Hasta el primer comentario racista de un señor de Burgos y el primer argentino apelando a los aviones con carne que fletaba Perón en la posguerra, España era acaso el único país del mundo que tenía a la albiceleste como segundo equipo. Cosas de internet.
En el local, que es pequeño pero hoy parece la mar de matón, no cabe ni un alfiler. Alemania sufre los últimos estertores de la presión argentina, pero un contraataque de libro les da el dos a cero. El bar explota, como el corazón de Raffaella Carrà. Vuelan vasos de cerveza, ondean banderas y la humedad es tal que los colores de la bandera alemana pintadas en los rostros de las lechosas aficionadas parecen ahora cuadros de Jackson Pollock. Ha triunfado el fútbol de libro teutón sobre el fútbol de Playstation argentino. Un gigante abraza a un pequeño español, otro se hace una foto frente a las banderas que cuelgan en la puerta del local y un fantasma se despereza y recorre Europa. Ay, que vuelven.
Uruguay
“¡Todos los holandeses, todos putos son!” Pum, pum, pum… Que alguien haya conseguido entrar un tambor en el Bar Los Álamos de la calle Escudellers parece obra de la camarilla de George Clooney en Ocean’s Eleven. El dueño es uruguayo y el país, a pesar de contar con poco más de tres millones de habitantes, vive el fútbol, incluso en la diáspora, con gran pasión. “Todos los naranjas, todos putos son!” Pum, pum, pum… Esta versión 2.0 del cántico nos gusta más. Semifinales. Que Holanda va a ganar a Uruguay, lo saben hasta Carrie Bradshaw y las demás chicas, aunque ellas hubiesen preferido que saliera campeón Portugal porque el verde y el granate se llevan una barbaridad esta temporada.
“¿Este sitio no era un bar de putas?”, preguntamos. “¿Y tú cómo lo sabes?”, nos responden. (Nota mental: ¡Mierrrdaaaa!) Forlán se sigue ganando el premio al mejor jugador del campeonato y Van Bommel, el galardón al tipo más detestable. Detrás nuestro, un uruguayo errante sopla una vuvuzela. Por la tele parecen más pequeñas y, sobre todo, menos ruidosas. El dueño del local agita los brazos y junto a su camarero arranca nuevos, más elaborados y –eso sí–, irreproducibles en horario infantil, cánticos. Miramos a nuestras espaldas, y la acera se ha llenado de gente que mira hacia el televisor a través de los cristales, como si el televisor fuera algún tipo de icono. Están locos estos terrícolas. Casi todo son mujeres, las mismas que durante los próximos cuatro años nos harán cambiar de canal cada vez que den un partido por la tele. Empata Uruguay, se viene abajo el supuesto antiguo puticlub (“Aún no me has dicho cómo sabías eso”); marca dos seguidos Holanda y a los sudamericanos les invaden la rabia y la tristeza post coitum (“¿Hay habitaciones atrás?”); mete otro Uruguay y se viene a bajo el local (“Siempre había pensado que antes era una coctelería, pero si tú dices que era un puticlub, segurísimo que tienes razón”). Final del partido. Ganó Holanda. Pensamos en Galeano y en esas venas abiertas, que no se cierran nunca. El Mundial que iba a ser latinoamericano ha acabado con una final europea.
¡Ya me acuerdo! Esto era un salón recreativo. Aquí venía a jugar al comecocos. “¿Cocos? Otra cosa te han comido aquí…”
España
El supuesto país de la fiesta está poblado por aguafiestas. Unos piden pantallas gigantes para ver a La Roja ganar por uno a cero, y el PP da cines en la zona alta donde ver el fútbol sin fumar y sin beber cerveza. Recordamos cuando pensábamos que eso de ver cine en casa, en una pantalla de televisor y sin Movierecord iba a ser un fracaso, y un sudor frío nos recorre la espalda. Es el día de la final, el domingo de un fin de semana de catarsis identitaria. Ayer, cientos de miles de catalanes se manifestaban por el estatuto. Ya que estaban allí, y se habían chupado un par de horas de autobús, pues también pidieron la independencia. Es como cuando vas al Club del Gourmet de El Corte Inglés a comprar vino y piensas: “Joder, con lo poco que me gusta entrar aquí, casi que me llevo un poco de foie y unas anchoas de las buenas”. Hoy, decenas de miles de catalanes se congregan en la Plaça Espanya para ver la final. Nos gustaría que alguien hiciese un estudio sobre cuánta gente estuvo en las dos manifestaciones de catarsis patriótica. Los de hoy son más jóvenes y gritan más, pero poseen el mismo espíritu revanchista que los de ayer.
Gana España y oigan, es una alegría, pero una que hay que vivir con los ojos cerrados y las orejas tapadas. Hemos visto una bandera con aguilucho, unas trescientas con toro de Osborne; hemos escuchado el peor repertorio de cánticos de ánimo (el “Yo soy español” es a la animación futbolística lo que Phil Collins al pop) de todo el mundial y nos da que, como esto siga así, llega la poli para hacerse cargo de la ceremonia de clausura del Mundial. Cinco minutos más tarde, aquí están los mossos para detener la euforia y darle un buen titular a Intereconomía, que llevan toda la semana hablando más de Carlos v que de Villa. Cuando marca Iniesta, uno siente envidia de todos aquellos que siguen a su selección desde la diáspora, desde donde la patria se ve pequeña y hasta romántica. La distancia es el Photoshop del amor.




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